cuento thriller: la torre del gil laburante

 



resumen:

Hernán es un joven a quién la vida no le ha tratado bien. Su novia Jimena sufre un asalto y eso desencadena una profunda crisis. ¿Porqué los que trabajan sufren? ¿Porqué el miedo le gana al valor? 
Ambientado en Rosario, épocas de pandemia.


-¡AYUDA POR FAVOR!.-Gritó Jimena pero nadie en el barrio respondió.-¡AYUDA!


El niño delante de ella no tenía ni siquiera 15 años, aunque Jime fuera mayor, él tenía un arma y ella no. No tenía con qué defenderse, ni siquiera le importaba el teléfono. 


-Lo que más extraño son las fotos de nosotros dos cuando empezamos a salir.-Comentó a su novio Hernán mientras le cebaba un mate, recordando la secuencia de la semana anterior.


Hernán le miró con compasión, acariciándole el pelo intentando calmarla con dulzura.-En una de esas me dan un adelanto y te compro un celu nuevo, tranqui.


‘’Lo material lo recuperamos como sea, pero tu vida no.’’


La vocecita de su mamá era un recordatorio de que la sociedad se regía por normal que eran cada vez más difíciles de soportar. Un año atrás le habían robado a la salida del boliche no le quiso decir a nadie. Se las arregló pero no le duró más de dos días la mentira, enseguida se dieron cuenta y otra vez su madre rescató del fondo del cajón unos pesos para poder ayudarlo.


Ya con 30 años en su haber Hernán estaba enojado, estaba furioso pero su cobardía y obediencia inconsciente a los consejos de su madre le impedían actuar como le gustaría. De cualquier manera no podría, no tenía el volátil impulso de un hombre de verdad.


‘’Está desestimada la denuncia, el delincuente es menor.’’-Le dijeron en el Centro de Acusaciones cuando acompañó a Jimena a denunciar el robo de su celu.


-¡No les queda otra que salir a la calle y robar!.-Opinó Romina tomando el mate que Jimena le dió cuando llegaron a su hogar.-Miralos en la calle, me dan una pena.


Hernán y Jimena se miraron con la misma expresión de confusión ante los dichos de Romi. Jime le hizo un gesto a Hernán para que no reaccione, no quería pelearse porque le alquilaban la casa a los papás de ella. No les convenía. Hernan se fue llorando a dormir, enojado con su debilidad. 


Estaba cansado de tener miedo, estaba cansado de levantarse a las 4 am todos los días y esperar un colectivo que no llegaba a horario para quedarse quieto en su puesto de vigilancia 12 largas horas. Que laburo de mierda, pensaba a menudo.


Un bocinazo le hizo reaccionar hacia la puerta del country donde trabajaba como tercerizado mal pagado. Un imponente audi de color rojo se asomó para que le abran la valla de seguridad. Como de costumbre salió a tomar los datos o ver si era un vecino de ahí, esos cambiaban de auto cada semana. Su sorpresa fue grande al ver que al conductor, flaquito, moreno y casi sin dientes le exigió que subiera la valla.


-¡Dale, negro! ¡Dale!.-Apresuró a decir con soberbia y altanería. Cuando Hernán le dijo que tenía que revisar el baúl por normas de seguridad, aquel noble muchacho le mostró lo que había en el short deportivo que usaba.-Revisas y sos boleta acá mismo, gil.


Hernán se paralizó y su piel se puso pálida ante el arma. ¿Por qué los narcos vivían en enormes mansiones mientras él y Jime anoche no comieron? ¿Por qué tenía que trabajar 12 horas al día mirando a los demás tener una vida mejor que él? Ni siquiera pudo terminar la facultad, Jime no sabía qué hacer para ahorrar un poco más de plata, el sueldo les alcanzaba para el alquiler nomás. 


La impotencia le carcomía porque la vida era injusta. Rosario era injusta con él. Lejos habían quedado los recuerdos cuando los dos eran novios y salían al cine o tomaban un taxi, todo estaba caro ahora. Era más difícil poner comida en la mesa, y las cuentas se acumulaban sin control. Un momento feliz era un lejano recuerdo. Cuando volvía del trabajo y veía las 6 tortas fritas con el mate de yerba lavada a Hernán escondía su impotencia de Jimena. Liberaba su llanto cuando terminaba de cenar y daba una vuelta para fumar. Volvió a la realidad de repente, cuando el soldadito casi sin dientes le sacó la lengua y le hizo un fuck you antes de arrancar el audi.


-¡Gil laburante, jajaja!


Al día siguiente sacó la bicicleta a la calle y luego de darle unos besos a Jimena no entendió por qué ella lo empujó hacia dentro de la casa, siempre tuvo huevos a comparación de él. No fue hasta que la moto se puso en la vereda y dos tipos bajaron disparando con un arma blasfemando de tal manera que el corazón se le paró. No estaba entendiendo nada, todo parecía lento.


-¡DAME LA BICICLETA!.-Gritó un tipo, gordo y lleno de granos.


-¡VAYANSE!.-Bravó Jimena con todas sus fuerzas, poniéndose delante de Hernán.


Hernán no tuvo tiempo de reacción. Era una secuencia desconectada de cualquier tipo de realidad, todo era una ilusión. Era inutil pensar que podía tener algo como Jimena con él. ¿Por qué todo se le arrebataba por un inaudito ladrón? 


El cuerpo de Jimena le pesaba en las piernas ensangrentadas, todavía estaba calentita. El disparo en el pecho la mató en el acto, le atravesó el centro de su frente. ¿Cuál era su pecado? Dominado por la impotencia comenzó a gritar ante el cadáver de su novia muerta. Se tiró al piso para abrazarla y el tipo que esperaba al gordo en la moto le gritó.


-¡Se le cayó el celular! ¡Agarrá el celular, gordo puto y vamos!.


El gordo con su gelatinosa grasa agarró el celular y disparó al piso para asegurarse que Hernán no hiciera nada. Ni siquiera se encogió o reaccionó.El muchacho estaba completamente paralizado, con los ojos en blanco. El gordo se rió y le apoyó el arma en la cabeza.


-No sos más que un gil laburante.-Le dijo con burla antes de huir en la moto.


El grito más angustiante es aquel que es respondido tarde. Por más que gritó y lloró sobrepasado de impotencia y dolor, ningún vecino salió hasta que hubo completo silencio. Solo su llanto lleno de congojo y desolación. 


Los chusmerios no faltaron, hasta la vecina de la esquina sacó fotos a Hernán abrazando el cadáver de Jimena. ¡Qué bárbaro! decían los vecinos chismosos del barrio. 


Nadie pensó en la impotencia de Hernán, nadie pensó en la vida que había compartido con Jimena. Ante todo, nadie además de él supo que Jimena lo empujó y lo salvó sin quererlo. Fue un momento, un segundo. De un momento a otro Jimena no existió más.


Unos días atrás le había tirado las cartas de tarot, había salido La Torre, la Muerte y El Colgado.


-Ni idea qué significa.-Había opinado Hernán mirando los arcanos acomodados en una toalla sobre la mesa.


Jimena miró pensativa y buscó en su celular un rato.-Mirá, acá dice que la muerte no es muerte real sino más bien simbólica, como una purificación. Vas a tener una transformación brutal, te va a cambiar la mente, todo! En una de esas pasa algo y nos llenamos de guita, ¡jejeje!


Igual Hernán ahora le creía al tarot. Desde que murió Jimena le cambió la mente y el cuerpo, tal cual como había dicho su novia. No tenía más miedo, ya no tenía impotencia, el camino se le iluminó. Fue fácil saber quiénes habían sido los asesinos de Jimena, todos en Rosario sabían quienes tenían sangre en las manos y quién no. En la comisaría le dijeron que se llamaban el gordo Fabián y el flaco Olivera. 


Sin embargo no podían arrestarlos, el crimen fue durante la madrugada y no había testigos más que Hernán. Desde que comenzaron las movilizaciones por los derechos humanos de las personas privadas de su libertad, la policía estaba atada de manos. O al menos era lo que le dijo el comisario pero Hernán sabía la verdad. Todos puertas adentro sabían la verdad. Los narcos del Baldío controlaban toda la zona, por más que supieran quienes eran, sabía que no habría condena ni justicia por Jimena. Era un caso común, una estadística más sobre la ‘’sensación de inseguridad’’ que invadía la ciudad.


Romina lo fue a ver unos días después a su casa, tomaron unos mates e intentó consolarlo. Dijo que en una de esas si no hubieran tardado tanto dandose besos de despedida, él se hubiera ido y nada habría pasado. Jimena estaría viva si no le hubiera gustado besar tanto a Hernán. 


-Me dijo gil laburante y me apoyó el arma en la cabeza.-Musitó Hernán con labios secos mirando la televisión.


-¡Ay, Hernán! ¿No entendés nada que ellos son las víctimas! ¡No les queda otra más que salir a robar! ¿Sabés lo que sufren en las cárceles ellos, pobrecitos? Vos no sabes lo que es.


Hernán disoció. Al pedo le explicaría a una piba que nunca laburó ni salió del centro de estudiantes. ¿Qué sentido tenía?. Romina no entendería la impotencia o el dolor que le daba recordar el castrador apodo de ‘’gil laburante’’, porque no era la primera vez que lo escuchaba. No era la primera vez que se burlaban de él por el trabajo de vigilante o porque aunque trabajase mucho no tenía para comer. A Hernán le dolía que tuvieran razón.Pero bueno, la torre había cambiado eso.


Había logrado dormir toda la noche por primera vez luego de ver las amenazas de los narcos al gobierno nacional si no ampliaban los derechos humanos en las cárceles. Pedían teléfonos celulares y una pensión familiar. Era lo habitual, pensó, era injusta la sociedad. Encima en otoño/verano siempre incendiaban las islas para plantar soja e inundaban de humo la ciudad. 


Su amigo Damián tosía mucho desde que se le dañaron los pulmones estando expuesto al humo durante 4 días que duraron los incendios. Era el dueño de una ferretería en el centro y casi no reconoció a Hernán cuando cruzó la puerta. 


-¡Casi no te reconozco, Hernán!.-Le dijo en tono amigable cuando lo vio luego de varios meses.-Che, pasame la marca de la proteína que tomas! 


-Me estoy purificando.-Respondió Hernán con serenidad en la mirada.


-Está re bien. Desde que te pusiste a entrenar estás re groso boludo, te felicito…


Damián  no quería tocar el tema de Jimena, los hombres no hablaban de esas cosas, mirá si se ponía a llorar ahí mismo. ¿Qué hacía? Aún así notó que Hernán estaba rapado, ¡ni las cejas se había dejado! y estaba más musculoso que nunca. Compró soga de nylon grueso y alcohol. Cuando sacó el celular para pagar miró que en la funda tenía algo guardado.


-¿Qué es eso?-Preguntó curioso.


Hernán le mostró la carta de la Torre.-Viste que a Jime le gustaban esas cosas raras…me decía que la torre no la podemos evitar nunca jamás. Significa transformación.


Damián miró la ilustración, un rayo partía al medio una torre y dos personas salían disparadas.


-Una vez que pasa la torre, no volvés a ser el mismo…mira, ahora estoy en esta.-Hernán sacó del bolsillo la carta de La Muerte.-Luego me tocó el Colgado.


-Esa me da miedo che… no traigas esas cosas al almacén.¿ En qué andas? No te pude ver por la pandemia, los whatsapp ni los mirás.


-Me estoy purificando.-Volvió a repetir Hernán antes de despedirse.-Ya casi termino.


Ahora entendía mucho más acerca de ser un gil laburante. Ahora sabía que lo bueno de la torre era que una vez que pasa el caos, viene la purificación de la muerte.


Estuvo encerrado todo el día hasta que la noche cayó. Le dió un beso a la cadenita de oro que usaba Jime y dejó el equipo de mate en la mesa con dos torta fritas. 


La búsqueda fue fácil, todos en Rosario sabían quienes hacían las cosas y quienes no. Con preguntarle a un par de viejas chusmas del barrio enseguida soltaron que tomaban en un kiosco cerca de su casa. Nunca fallaban las viejas chusmas del barrio, efectivamente los dos estaban tirados en la vereda tomando una cerveza. 


-¡Mira que linda putita!.-Gritó el baboso flaco Olivera cuando una chica con uniforme de escuela salía de comprar del kiosko.


El gordo Fabian levantó la remera gris y transpirada para mostrarle un cuchillo de carnicero.-Mira que te cojemos ahí atrás y no salís más, pendeja. 


-Salí, enfermo!.-Bravó la adolescente, haciéndose hacia atrás.


Hernán le dio un beso a la foto de Jimena en su celu, antes de apagarlo miró detrás la carta del Colgado y la Muerte. La adolescense se giró a mirarlo y se echó a correr sin mirar atrás.


Cuando tumbó de una piña al flaco Olivera, Hernán sintió paz. Ellos eligieron esa vida, no era su culpa. Ahora al flaco se le quebraban los huesos tan fácilmente. Eran como palitos de madera que hacían un crujido gracioso cuando se quebraban. El gordo gelatinoso apenas pudo sacar el cuchillo antes de que Hernán le rompiera la nariz.


Quizá Romi sí tenía razón y eran víctimas de la sociedad. Los gritos llenos de miedo del gordo Fabián mientras lloraba que tenga piedad cuando lo apuñaló 10 veces con el cuchillo de carnicero casi que le dan compasión. Los vecinos filmaron cuando los colgó a los dos de una viga del kiosko con la soga de nylon. Rocio el alcohol, amargo y ácido sobre la ropa sucia, encendiendo la llama de su purificación total. Miró al cielo naranja del atardecer y se sacó la capucha sintiendo el viento en la pelada. Sonrió con paz a los cuerpos en llamas delante de él. 


 Antes que los patrulleros comenzaran a sonar detrás de él, acercándose cada vez más escribió con sangre y tierra en la vereda: ‘’De parte de un gil laburante.’’







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